Autoconocimiento, crianza

Si fuera mi hijo…

Hoy me gustaría hablarte de la famosa frase “Si fuera mi hijo…”, en muchas ocasiones acompañada de un gesto que indica que a continuación va a dar una bofetada.

A las personas, a todos, nos encanta opinar, y eso es bueno, siempre y cuando se haga con respeto. Sin ni siquiera proponérnoslo, nos pasamos el día observando, comparando, juzgando (sí, sí, juzgando), elaborando nuestras creencias sobre cómo podemos seguir siendo importantes en el mundo y vuelta a empezar. Y en este proceso, hay mucha gente que quiere compartir contigo sus juicios y sus creencias, así, sin preguntar y sin anestesia. Esto, cuando tienes hijos, se multiplica por infinito, y te pasas el día aguantando indirectas, directas, miradas, etc. tú, y tus hijos. Y es que todo el mundo se siente en la obligación de “ayudar” en la crianza. El problema es que hay tantos tipos de crianza, como familias hay en el mundo, y cuando nos metemos a opinar, sin haber sido solicitado, nos estamos comportando de forma irrespetuosa con esa familia, igual de irrespetuosos que el hecho que haya podido ocasionar el comentario: “Si fuera mi hijo…”.

Por eso hoy quiero contestar a todos los que emplean la famosa frase:

Si fuera tu hijo/a lo harías de otra manera, pero no lo es. No le conoces, has observado una conducta de cinco minutos en toda una vida, tiempo totalmente insuficiente para poder tomar una decisión acertada sobre cómo se debe actuar con esa persona (si, las niñas y los niños también son personas, personas que están comenzando a vivir, y a las que hay que respetar desde la comprensión de sus circunstancias, y no de las nuestras).

Permíteme que te diga que cuando reaccionas así, lo estás haciendo de forma “visceral”, en lenguaje coloquial, o desde la “amígdala”, en lenguaje cerebral.  La neurociencia avanza a pequeños pasos, y en las últimas décadas se ha estudiado mucho sobre funcionamiento cerebral, comportamiento y aprendizaje. Nos fascina este órgano tan desconocido todavía para nosotros, y tan importante en nuestra vida. ¿Que qué es la amígdala? Te lo cuento, la amígdala es una estructura cerebral, que se encuentra en el hipocampo (más o menos en el centro del cerebro), y es nuestro sistema de alerta cuando nuestra vida corre peligro, además de alertarnos, nos prepara para tomar una decisión rápida (más o menos acertada, lo importante es que sea rápida), sobre lo que debemos hacer en ese momento para mantenernos con vida. Las opciones que nos propone, y para las que prepara a nuestro cuerpo, son muy sencillas: luchar, huir o paralizarnos. Además de alertarnos, cumple otra función igual de importante para mantenernos con vida, corta comunicación con el lóbulo prefrontal, el encargado de razonar entre otras cosas, “¿Y por qué hace esto en un momento tan delicado?” Pues precisamente porque su función es mantenernos con vida, y si en un momento de peligro inminente, nuestro cerebro se pone a razonar  “Veo un coche que se aproxima a gran velocidad hacia mi, calculo que al menos va a 60 Km/h, le faltan unos 500 m para alcanzarme, a esa velocidad creo que me quedan…¡Puuuum!”. Como véis , cuando se trata de decisiones rápidas, siempre gana la amígdala. El problema es que nuestra amígdala va aprendiendo qué es un peligro y qué no en función de nuestras experiencias pasadas, y muchas veces interpretamos como peligrosas situaciones que en realidad no lo son.

Imagina que un niño que te da una mala contestación: la amígdala te puede alertar de que se te va a subir a las barbas si no actúas inmediatamente, y al actuar inmediatamente ¿qué suelen hacer los padres, o qué se espera que hagan? ¿Luchar, huir o paralizarse? Luchar, por supuesto, ¿verdad? “¡No puedo permitir que me hable así! Esto hay que pararlo ahora mismo ¡Niño! Como vuelvas a hablarme así te doy un bofetón/te castigo de por vida…” Y solemos hacer estas amenazas totalmente exageradas, irrespetuosas, y que no se suelen cumplir, y por tanto no sirven más que para que el niño aprenda cual es la manera “correcta” de actuar cuando alguien me falta al respeto. Pero bueno, esto ya es otro tema.

La conclusión es que cuando actuamos con lo primero que nos viene a la cabeza ante una mala conducta, algo que suele ocurrir más cuando nos encontramos en público por miedo al “si fuera mi hijo…”, que quede claro que estamos reaccionando y no razonando, y que las actuaciones precipitadas pueden tener resultados inesperados.

Y ya para terminar, me gustaría mandar un mensaje pidiendo perdón a todos los padres que juzgué injustamente antes de convertirme yo en madre, y alguna vez pensé: “Si fuera mi hijo…”

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